BARROCO:

LA NARRATIVA BARROCA.




EL DESARROLLO DE LA NOVELA PICARESCA



El género picaresco se inició a mediados del siglo anterior con la obra El Lazarillo de Tormes, pero ahora se desarrolla a lo largo del XVII con títulos como El Guzmán de Alfarache,de Mateo Alemán, La pícara Justina, de Francisco López de Úbeda o La vida del Buscón llamado Don Pablos, de Quevedo.
El Buscón de Quevedo es una de las novelas de esta época más significativas. Se trata, al igual que el Lazarillo, de una narración autobiográfica. Pablos nace en Segovia en una familia de delincuentes, es criado de un joven noble que vive y estudia en el colegio del licenciado Cabra. El licenciado es un clérigo muy tacaño y Pablos casi muere de hambre con él. Al final, se marcha a Alcalá y allí se convierte en un pícaro. Pablos regresa a Segovia cuando su padre muere ahorcado. Con el dinero de la herencia, emprende una vida de delincuencia: se convierte en estafador, se libra de la prisión mediante soborno, intenta engañar a una muchacha de ciertos recursos económicos, vive del juego haciendo trampas y, por último, se convierte en asesino y, para escapar de la justicia, se marcha a América.


CERVANTES Y DON QUIJOTE


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Miguel de Cervantes (1547-1616) tuvo una vida intensa. En su juventud huyó a Italia a causa de un duelo y, más adelante, luchó en la batalla de Lepanto contra los turcos, en la que perdió la movilidad de la mano izquierda. Fue apresado por los turcos y estuvo preso cinco años en Argel hasta que unos frailes pagaron un rescate. Regresó a España, se casó y fue recaudador de impuestos, pero fue encarcelado en Sevilla por el desempeño de su cargo. Más adelante fue también encarcelado por participar en una pelea en Valladolid. Luego se trasladó a Madrid, donde murió.
Fue un virtuoso de la novela. Escribió novela pastoril (La Galatea) y bizantina (Los trabajos de Persiles y Segismunda). Son muy conocidas sus Novelas ejemplares, doce relatos cortos que describen detalladamente lugares y ambientes.


EL QUIJOTE

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Es su obra inmortal. No se puede decir que esta gran novela se englobe en los que se denomina novelas de caballerías puesto que, esta obra es realmente, una parodia de este tipo de novelas. Con El Quijote, las novelas de caballerías anteriores son ridiculizadas y caricaturizadas. Éstas narraban las aventuras de caballeros andantes que dedicaban sus hazañas a una dama de la que estaban enamorados. Sus hazañas consistían en ayudar a los débiles y practicar la justicia. En las mismas aparecían, en ocasiones, elementos fantásticos, lugares exóticos y sobrenaturales y el narrador siempre se remitía a unas supuestas crónicas o libros de historia de donde se habían recogido las hazañas de estos héroes.

En el argumento, Don Quijote, a causa de enloquecer por leer libros de caballerías, llega a creerse caballero andante. Tiene una amada a la que idealiza y llama Dulcinea del Toboso, pero es en realidad una bruta campesina llamada Aldonza Lorenzo. Los parajes exóticos por los que cree pasar son, en realidad, lugares de la geografía española y manchega, no visita castillos ni palacios, sino ventas en las que se encuentran aldeanas que él toma por princesas; no existen magos ni hechizos, sino la realidad que el protagonista cambia por una inventada; al igual que él y su caballo, que no son ni un joven caballero apuesto ni un caballo majestuoso sino, muy al contrario, un anciano loco y un caballo desvalido.

El título completo de la obra es El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. La obra se divide en dos partes: la primera se publicó en 1605 y, tras un notable éxito, se publicó la segunda en 1615.

En la primera parte el Quijote sale dos veces de su casa en busca de aventuras. Los seis primeros capítulos narran la primera salida de un señor mayor, un tal Alonso Quijano, que, enloquecido por la lectura de novelas de caballerías, se bautiza a sí mismo con el nombre de don Quijote de la Mancha y se marcha para vivir como caballero andante. Decepcionado, regresa maltrecho a su hogar y, mientras se repone de su aventura, sus amigos queman sus libros. En el capítulo VII don Quijote busca un escudero que le acompañe, Sancho Panza, y, juntos abandonan la aldea en busca de aventuras. Cervantes inventa, como se hacía en las novelas de caballerías, un historiador ficticio del que, supuestamente, ha extraído la información de este caballero: Cide Hamete Berengeli. En esta primera parte Quijote corre múltiples aventuras (los molinos de viento que confunde con gigantes, la bacía de un barbero que confunde con el yelmo de Mambrino…) y la suya se mezcla con las de muchos otros personajes, de manera que nos encontramos con la suma de distintas narraciones que adornan la principal.
En la segunda parte, Cervantes mezcla hábilmente la realidad y la ficción. Ocurrió que antes de publicar Cervantes la segunda parte de su obra hubo una previa y falsa publicación como segunda parte de la obra por un tal Avellaneda. En la segunda parte del Quijote de Cervantes, los personajes critican ese Quijote falso y, además, hacen alusión al éxito que obtuvo la publicación de la primera parte de la obra. En esta segunda parte de la obra los personajes continúan viviendo diversas aventuras (el gobierno de Sancho de la ínsula de Barataria, los enfrentamientos don el Caballero de los Espejos...).
La final derrota don Quijote en Barcelona ante el Caballero de la Blanca Luna, que es en realidad el bachiller Sansón Carrasco disfrazado hace que regrese a su pueblo, donde desea convertirse en un pastor como los de los libros pastoriles. Don Quijote retorna, al fin, a la cordura. Enferma y muere de pena.

Lo importante de esta obra es que se considera la primera auténtica novela de la literatura española. Además, en ella aparecen reflexiones y descripciones de distintas facetas de la vida y sociedad: crítica literaria, costumbres, política…


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Don Quijote de la Mancha

Primera parte


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Capítulo I

De la condición y ejercicio del famoso hidalgo D. Quijote de la Mancha

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme (1), no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero (2), adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados (3), lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos consumían las tres cuartas partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte (4), calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí (5) de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años: era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijano. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías que leer, y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos: y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva; porque la claridad de su prosa, y aquellas entrincadas razones suyas le parecían de perlas: y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos (6) donde en muchas partes hallaba escrito: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza (7). Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recibía, porque se imaginaba que por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero con todo alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma, y dalle fin al pie de la letra como allí se promete: y sin duda alguna lo hiciera y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. [...]

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En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras, y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros, donde acabándolos cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos del imperio de Trapisonda; y así con estos tan agradables pensamientos, llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efecto lo que deseaba.
Y lo primero que hizo, fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón.
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Limpiolas y aderezolas lo mejor que pudo; pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple: mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que encajada con el morrión hacia una apariencia de celada entera. [...]
Fue luego a ver a su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real (8), y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit (9), le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid con él se igualaban.
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Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría [...] y así después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar ROCINANTE, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.
Puesto nombre y tan a su gusto a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar DON QUIJOTE: de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia, que sin duda se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. Pero acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria para hacerla famosa y se llamó Amadís de Gaula, así quiso como buen caballero añadir al suyo el nombre de la suya, y llamarse DON QUIJOTE DE LA MANCHA, con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.
Limpias pues sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín, y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma. Decíase él: si yo por malos de mis pecados, o por mi buena suerte me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o finalmente le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quién enviarle presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendida: yo soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante la vuestra merced para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante? ¡Oh cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quién dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque según se entiende, ella jamás lo supo ni se dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos: y buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla DULCINEA DEL TOBOSO, porque era natural del Toboso: nombre a su parecer músico y peregrino, y significativo como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

Capítulo VIII

Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginable aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación.

En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo; y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero: la ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con quién pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra. ¿Qué gigantes? dijo Sancho Panza. Aquellos que allí ves, respondió su amo, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas. Mire vuestra merced, respondió Sancho, que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas que volteadas del viento hacen andar la piedra del molino. Bien parece, respondió don Quijote, que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí y ponte en oración en el espacio en que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla. Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento y no gigantes aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran, antes iba diciendo en voces altas; no fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete. Levantose en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo: pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
Y en diciendo esto y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su adarga con la lanza en el ristre (11), arremetió a todo el galope de Rocinante, y embistió con el primer molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho (12) por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle a todo el correr de su asno y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con el Rocinante. ¡Válame Dios!, dijo Sancho: ¿no le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza? Calla, amigo Sancho, respondió don Quijote, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza: cuanto más que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Fristón, que me robó el aposento y los libros, ha vuelto estos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo han de poder poco sus males artes contra la bondad de mi espada.

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Capítulo XLVIII
Donde prosigue el encantamento de don Quijote de la Mancha, con otros famosos sucesos
(Después del encarcelamiento de don Quijote, un canónigo de Toledo lo ve en la jaula y le pregunta al cura y al barbero la causa de ese hecho).
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[...] había dicho el cura al canónigo que caminase un poco delante, que él le diría el misterio del enjaulado, con otras cosas que le diesen gusto.
Hízolo así el canónigo, y adelantándose con sus criados y con él, estuvo atento a todo aquello que decirle quiso de la condición, vida, locura y costumbres de don Quijote, contándole brevemente el principio y causa de su desvarío, y todo el progreso de sus sucesos [...]. Admirárense de nuevo los criados y el canónigo de oír la peregrina historia de don Quijote, y en acabándola de oír, dijo: Verdaderamente, señor cura, yo hallo por mi cuenta, que son perjudiciales en la república estos que llaman libros de caballerías; y aunque he leído, llevado de un ocioso y falso gusto, casi el principio de todos los más que hay impresos, jamás me he podido acomodar a leer ninguno del principio al cabo, porque me parece que cual más, cual menos, todos ellos son una misma cosa, y no tiene más éste que aquél, ni estotro que el otro; y según a mí me parece, este género de escritura y composición cae debajo de aquel de las fábulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados, que atienden solamente a deleitar y no a enseñar, al contrario de lo que hacen las fábulas apólogas, que deleitan y enseñan juntamente; y puesto que el principal intento de semejantes libros sea el deleitar, no sé yo como puedan conseguirle yendo llenos de tantos y tan desaforados disparates. [...] Hanse de casar las fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren, escribiéndose de suerte que facilitando los imposibles, allanando las grandezas, suspendiendo los ánimos, admiren, suspendan, alborocen y entretengan de modo, que anden a un mismo paso la admiración y la alegría juntas; y todas estas cosas no podrá hacer el que huyere de la verosimilitud y de la imitación, en quien consiste la perfección de lo que se escribe. No he visto ningún libro de caballerías que haga un cuerpo de fábula entero con todos sus miembros, de manera que el medio corresponda al principio, y el fin corresponda al medio, sino que los componen con tantos miembros, que más parece que llevan intención de formar una quimera o un monstruo, que hacer tina figura proporcionada. Fuera desto son en el estilo duros, en las hazañas increíbles, en los amores lascivos, en las cortesías mal mirados, largos en las batallas, necios en las razones, disparatados en los viajes, y finalmente ajenos de todo discreto artificio, y por esto dignos de ser desterrados de la república cristiana como gente inútil.

Capítulo XLII

De los consejos que dio Don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula, con otras cosas bien consideradas

(Los duques, como una forma más de burlarse de don Quijote y Sancho, le entregan a Sancho el gobierno de una ínsula ficticia para ver cómo se comporta en su gobierno).
En esto llegó Don Quijote, y sabiendo lo que pasaba y la celeridad con que Sancho se había de partir a su gobierno, con licencia del Duque le tomó por la mano y se fue con él a su estancia, con intención de aconsejarle cómo se había de haber en su oficio. Entrados pues en su aposento cerró tras sí la puerta, y hizo casi por fuerza que Sancho se sentase junto a él, y con reposada voz le dijo:
[...] Primeramente, oh hijo, has de temer a Dios, porque en el temerle esta la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada.
Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana, que quiso igualarse con el buey; [...] Así es verdad, replicó Don Quijote, por lo cual los no de principios nobles deben acompañar la gravedad del cargo que ejercitan con una blanda suavidad que, guiada por la prudencia, los libre de la murmuración maliciosa, de quien no hay estado que se escape.
Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte, y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran.
Mira, Sancho, si tomas por medio a la virtud, y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen de príncipes y señores; porque la sangre se hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.
Siendo esto así, como lo es, que si acaso viniere a verte cuando estés en tu ínsula alguno de tus parientes no le deseches ni le afrentes; antes le has de acoger, agasajar y regalar [...].
Si trujeres a tu mujer contigo (porque no es bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin las propias), enséñala, doctrínala, y desbástala de su natural rudeza; porque todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar una mujer rústica y tonta.
[...] Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico.
Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre.
Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo.
Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia.
Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu enemigo, aparta las mientes de tu injuria, y ponlas en la verdad del caso.
No te ciegue la pasión propia en la causa ajena; que los yerros que en ella hicieres, las más veces serán sin remedio; y si le tuvieren, será a costa de tu crédito, y aún de tu hacienda.
Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera de espacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros.
Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones.
Al culpado que cayere debajo de tu juridición considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente; porque aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia.
Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos de la vida te alcanzará el de la muerte en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos. [...]
(En el gobierno de la ínsula, como se ve en los capítulos que siguen a éste, Sancho demuestra ser una persona muy sensata y con mucho más talento del que se le presuponía, lo cual se manifiesta incluso en un cambio en la forma de hablar; pero abandona el puesto porque le parece sacrificado, ya que apenas puede comer y dormir, y arriesgado, dado que los duques simulan un ataque a la ínsula en el que Sancho se siente en peligro).